¿Alguna vez escuchaste a alguien dar esta
“bendición”?... me atrevo a decir que más de una vez.
Bueno, esta es la
historia (historieta, más bien) de
Paco y su Toreta. Es una historia que, aunque de cama, no es apta para poner a
los niños a dormir.
Erase una vez, en
una hermosa ciudad de Cuba, por allá por los años cincuenta y tanto, que conocí
a Don Paco. Heredero y, a su vez cabeza, de una de las ramas de una pudiente
familia ganadera y lechera del ámbito. Paco era el mayor de tres hermanos
quienes manejaban los negocios familiares, estando el al mando de la rama
lechera. Creo que bastante apropiadamente.
Aún recuerdo los
carros pintados de un amarillo brillante… tan brillante el color que en un día
soleado, de esos muy comunes bajo el sol caribeño, había que mirarlos a través
de gafas oscuras. En nuestro folklore cubano, siempre nos referimos a los
carros pintados de ese amarillo como “lecheros”… poco saben los orondos dueños,
paseándose hoy por el boulevard en sus objetos de tanto orgullo que algunos, al
verlos, estamos simplemente esperando a ver donde es la próxima parada y
entrega de una botella de leche…
Bueno… de regreso
a la historia. Paco, como todos le conocíamos, era un amigo de la familia y
asiduo participante, en la compañía de su señora, de las nocturnas tertulias (sí… ya sé… aquellos de ustedes que crecieron
en la época electrónica, no saben que es lo que esa palabra significa…) que
se llevaban a cabo en la casa de mi tío abuelo… Ahí le conocí y ahí aprendí la
historia de Paco y su toreta.
Resúltase (buena palabra, ¿no?) que Paco, ya en su
edad madura y después de más de 30 años de matrimonio, se había encontrado con
una joven de unos 25 años quien practicaba el arte culinario, pero sin saber
cocinar… Ella era trigueña, de unos 5 pies con 6 pulgadas (más o menos un metro con 55 cm) y verdaderamente hermosa. Esta
descripción se las doy basado en observaciones personales, no por terceros;
habiéndole conocido en algún que otro momento. Como suele suceder en estas
cosas, Paco se enamoró perdidamente de ella. La extrajo de su “bajo mundo” (al menos físicamente, ya que mentalmente
jamás logró hacerlo), le puso casa y le pagaba un sueldo mensual para que
solamente estuviera disponible con el.
Yo no sirvo para
juez moral, ya que he cometido muchas faltas en
mi vida… pero la realidad es que el apodo de “toreta” se lo pusimos por
tantos cuernos que le ponía al pobre Paco y porque así, también quienes
quisieran pasar un “buen rato” en las mencionadas tertulias podían hacer
referencia a su existencia delante de la esposa del Señor, como si solamente
estuvieran hablando de una “vaquilla” más de las finca lechera… Podría referirme
a la esposa como la “sufrida” esposa pero, en realidad, siendo mucho más alta y
fornida que el Paco, tenía de todo menos de sufrida. Muy bien llamada Dolores
le hacia honor a su nombre, jamás dejando pasar una oportunidad, por leve que
fuera, de crearle un dolor de cabeza al Paco.
En compañía de mi
primo, de unos diez años mayor que yo, visitamos a la toreta varias veces. El grupo
de amigos de mi primo probó las delicias del arte culinario de la susodicha; a
veces a las espaldas del Paco y a veces con su consentimiento. Después de todo,
en aquella época no se conocía el milagro de la Viagra y un hombre ya llegando
a sus sesenta, no podía plenamente satisfacer a una ardiente joven de 24. Supongo que el pensó, inteligentemente, que
era mejor que estas inevitables aventurillas se dieran con gente conocida y
saludable que con alguien desconocido y de cuestionable higiene.
Quisiera decir que
todos vivieron felizmente hasta el final… pero eso sucede primordialmente en
los cuentos de hadas… El gobierno incautó, al igual que eventualmente hizo con
todo lo que fuera una empresa privada, a las fincas y lechería de la familia. Al
perder a las vacas del campo, el Paco también perdió a su toreta ciudadina, ya
que no tenía con que pagarle el pasto que tanto añoraba tener.
Eventualmente,
Paco y su familia se mudaron a Miami, en donde tengo entendido que murió plácidamente
después de unos años repletos de añoranzas y memorias. Su viuda Dolores le
siguió un tiempo después y estoy seguro que por alguna parte andan, el delante
y ella detrás, eternamente jalándole el pelo y dando coscorrones etéreos…
¿De su adorada
toreta? No supe más; no sé si se quedó en Cuba, o si salió… fue una historia de
amor, supongo de aquel sobre el que a veces se escriben épicos tomos… en este
caso, una no tan épica entrada en un aún menos épico blog.
¡¡Cuídate mucho,
que eres importante!! ¡¡Regresa a
saludar!!
Hasta Pronto…
NOTAS:
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