Hace ya muchos
años, más de los que quisiera reconocer, vivía en esa hermosa isla caribeña
llamada Cuba un joven… bueno, en realidad un niño, ya que apenas tenía unos 8
años de edad… aunque mentalmente se aseguraba de tener al menos… bien, digamos
unos 13 años… ya sea, listo a conquistar el mundo a su alrededor. Sobre todo si
este mundo estaba entrando en los meses de veraneo; tiempo de ocio sin responsabilidades,
escuela, problemas de tareas o siquiera tutores que solían entorpecer el juego
de las tardes al intercambiarlos por estudios adicionales.
Este jovencillo
con calzones cortos que apenas cubrían, al ser él más alto que la norma, una
tercera parte de sus largas piernas, solía patinar dentro de la casa; así calentando
motores para luego salir a hacerlo en las aceras de la bella ciudad, asustando
a todo transeúnte que se atreviera a usarlas para, imagínese Ud.… ¡caminar! en
los mismos momentos. ¿Cómo se atrevían a hacer esas cosas?
La casa era una de
esas viejas y largas, con todas las habitaciones en fila ordenada, con cada una
de ellas abriendo sus puertas al pasillo y patio interior. Tenía prohibido
-¡Cómo se atreverían a prohibirle algo a este mozuelo!- el patinar dentro de la
casa, ya que las baldosas se rayarían y… bueno, el abuelo se enfadaría. Así
que… la pista de carreras era el patio, a todo lo largo de la casa y terminando
más allá de la cocina en el famoso “traspatio” donde, con su destreza de joven
y desmedido atleta, daba una vuelta y arrancaba en dirección contraria,
arremetiendo contra algún contrincante imaginario en una carrera de la cual
dependía el futuro de la raza humana.
Uno de esos días,
normales en todo aspecto, el joven se puso sus patines para doblegar al ocio y
aburrición del momento. ¡Toma impulso! Se dirige al traspatio de la casa y, al
llegar a la altura de la cocina… ¡Casi se cae del susto y sorpresa!... ¡Ahí
había un desconocido, sentado cual Juan en su casa y almorzando carne con
vegetales! En nuestros tiempos modernos, con los mismos patines hubiera
desplegado un ejemplar manejo de velocidad “patinera” pero… algo le llamó la
atención… y se acercó al extraño que tan cómodamente ahí almorzaba.
-¿Quién eres?
Preguntó el mozalbete, no sin quedar lo suficientemente lejos de esta
aparición, por aquello de los cuentos del lobo feroz…
-¿Quién crees que
soy? Contesta la persona, totalmente despreocupado por haber sido capturado
“in-fraganti”.
-“Pregunté primero”
contesta el joven quien, al mismo tiempo de contestar mantenía un ojo –creo el
izquierdo- sobre la inmediata puerta de la cocina y su única vía de escape.
En ese momento,
una sonrisa más que reconocida ilumina su cara. Lo delatan sus ojos. Ojos
sardónicos de un azul límpido y celeste; azul que caracterizaba a la abuela, la
tía materna y al tío abuelo, hermano de la abuela Carmen… ¡Tú eres un Peña¡
exclamó el jovencillo en tono acusativo, como dejándole saber sin ningún rodeo
que no debió de haberle tomado el pelo. Más bien, creo yo, no debió de haberle
asustado.
Al oír esto, la
cara de este ser, ya no tan extraño, se abre en franca risa y contesta: -“Soy
tu tío abuelo Eusebio… la oveja negra de la familia” “Cuando estoy en la
ciudad, tu abuela (su hermana) me deja venir y preparar mi almuerzo aquí, ya
que no tengo otro lugar para hacerlo”. Después de la introducción, mira al
joven y le dice: “Otro hubiera salido corriendo, tú te quedaste… hay esperanza
de que crezcas a ser hombre”.
Al conocer al tío
Eusebio, un nuevo mundo se le abrió a este joven. Durante ese verano, ya los
patines perdieron su interés porque todos los días compartía el tiempo de la
temprana tarde con el tío Eusebio, oyéndole hablar de todas sus aventuras…
algunas de ellas no realmente aptas para menores. Pero todas fascinantes; todas
tenían un mensaje de soñar, de no darse por vencido, de vivir los sueños hasta
dónde se pudiera… Alejado de su casa y familia desde los 16 años, vivió su
vida; encontró su norte y peleó sus peleas. Algunas las ganó, otras no. Estas
últimas dejaron su historia y huellas en su cuerpo y en su espíritu… al final
de ese verano, desapareció de la vida del joven tal como había llegado: sin
avisos y sin despedidas; había perdido su última pelea.
El joven se sintió
desolado por mucho tiempo; al paso de los años y al vivir sus propias
tribulaciones, llegó a entender el legado del tío Eusebio… Vive tu vida; deja
que los otros hablen mientras tú haces. Si tienes un sueño que vale la pena,
persíguelo y no te des por vencido.
Ahí se los paso…
creo que vale la pena.
¡¡Cuídate mucho,
que eres importante!! ¡¡Regresa a
saludar!!
Hasta Pronto…
NOTAS:
- “r-joaquin.blogspot.com” BLOG en Inglés.
- Domingos 6:30pm, hora Este EEUU; Other Box por
radio… por ahora en Inglés; también en Español en un futuro.
- Comentarios a laotracaja@gmail.com
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